Una historia pequeña, pequeña

Carlos Penelas

Carlos Penelas

Hoy, querido lector, no les hablaré de Misia Sert ni de Bonnard, Balenciaga, Cocteau o Thomas Mann. Mucho menos de Erika Mann o de Eduardo Pondal. Tampoco haré referencia sobre la literatura de Borges, Molinari, Ciocchini o Luis Franco. Hablaré de algo que tal vez simboliza el azar de la vida, los laberintos del amor, los destinos cruzados.

Mi padre, que trabajó desde los seis años como jornalero en Espenuca -una aldea mágica convertida luego en Principado por obra de un poeta-, que conoció la fábrica a los once años, llegó a ser el hombre que tuvo en Buenos Aires un negocio casi único: Lencería Ducal, lencería a medida. Eso fue por los años cincuenta. Una de las lencerías más importantes de Buenos Aires, es decir una de las más refinadas de Hispanoamérica. Luego, los avatares políticos, sociales y económicos lo llevaron a cerrar. Allí regresó al llano y, con más de sesenta años, fue vendedor de licores finos de una empresa española. La cual también cerró al poco tiempo.

Aquí comienza nuestra historia. Por unos amigos es nombrado gerente de la Asociación Bancaria Argentina de Deportes. Mi padre hacía años que era viudo. Por esos años vivíamos los dos juntos, mis hermanos ya se había casado y partido a sus nuevos hogares. Mi padre amaba el fútbol y el box, algo del automovilismo y casi nada del resto.

Ocurrió que comenzó a ir a un campo de golf: Ituzaingó Golf Club, en San Antonio de Padua. Me contaba que los sábados iba a leer a un lugar donde el verde ocupaba un lugar fundamental, que se sentaba a contemplar los árboles mientras en sus manos sostenía un libro de Baroja, de Valle-Inclán o de Galdós. Autores leídos y releídos. Recordemos que El Quijote lo leyó once veces.

Un día, me dice, caminando por el prado ve que caen cerca suyo unas “pelotillas blancas”. A lo lejos unos hombres agitan las manos. Don Manuel Penelas, hombre cordial, que sabía de la civilidad, levanta su sombrero Lagomarsino, panamá de verano, y responde con cordialidad y simpatía. A la hora se entera por un muchacho que había caminado por el medio del campo de juego. Que los hombres que levantaban los brazos no lo saludaban, que eran los jugadores y le rogaban que saliera. Hay más anécdotas pero una basta.

Con los años supe que mi padre salía con una golfista y allá se encontraban, tomaban el té, conversaban. La conocí meses después de la muerte de mi padre. Una noble mujer; sensible, sobria. Sabía mucho de mí, sabía que escribía, que mi padre siempre hablaba de Carlitos, que compartíamos lecturas y tertulias en el Café Paulista de Córdoba y Callao.

Al año de su fallecimiento la Asociación Bancaria Argentina de Deportes y el Ituzaingó Golf Club realizan un torneo especial. Se jugó la Copa Manuel Penelas. Me convocaron a entregar el trofeo.

Cada tanto evoco esos años (hablamos de la década del setenta) con infinita ternura, con callada emoción. Son esas historias que conforman un universo, un misterioso universo pleno de dignidad. Dos seres mayores que continúan amando la vida y la felicidad. Por eso, querido lector, quiero que recuerde esta historia pequeña. Algo más: mis hermanos nunca se enteraron.


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