Algo sobre don Ricardo E. Molinari

Carlos Penelas

Carlos Penelas

Estimados amigos:

Les hice llegar una gacetilla sobre mi próximo libro. Hoy estuve en Editorial Dunken viendo la composición y las estupendas viñetas de Eugenia Limeses que hizo para la edición. Siempre he revisado mis libros hasta el momento de entrar en impresión. Soy cuidadoso, en la medida de lo posible, de cada detalle. Tengo la suerte de que Editorial Dunken publica con calidad. No es frecuente por estos lares.

El libro está dedicado a la memoria de D. Ricardo E. Molinari, uno de los poetas mas importantes de Hispanoamérica. Olvidado, poco leído en las últimas décadas. Tuve la fortuna de tratarlo y que reconociera mi poesía. Rocío, mi compañera, fue secretaria suya durante años. Les alcanzo algunos datos para que se enteren de su trascendencia. El libro saldrá para fines de febrero. Lo llevaran a la Feria del Libro de Buenos Aires y a otras ferias de América y Europa. Saludos. Carlos Penelas.

Ricardo E. Molinari, quien falleció el 31 de julio de 1996 en esta ciudad, fue el poeta de nuestras llanuras, de nuestros grandes ríos, de los cielos surcados de nubes y de pájaros, arrasados por los vientos del sudoeste. A este paisaje argentino lo pobló de luz metafísica, lo iluminó de historia y de tiempo, lo habitó con su voz personal y entrañable.
En medio de nuestra poesía rica y diversa, su obra tiene la estatura de las cumbres más altas: es uno de esos cuatro o cinco nombres que sobreviven a través de todo un siglo, indemne a los cambios y a los juicios versátiles de las épocas.
Este hombre casi no tuvo biografía visible: la ocultó con pudor a sus críticos, porque su vida iba haciéndose y expresándose en sus libros y “plaquetes”, que abarcaron en conjunto más de medio centenar de títulos.
Había nacido en Buenos Aires en 1898, el 20 de mayo, y quedó huérfano a los cinco años. Se crió con su abuela materna, uruguaya, en una antigua casa de Villa Urquiza. Dejó sus estudios para dedicarse a la poesía; su formación la debe, por una parte, a los clásicos españoles (de ahí su predilección por el romance, las coplas, el soneto) y a la poesía francesa, en la cual erigió como maestro a Mallarmé, que insufló a su siempre luminosa expresión cierto arrevesamiento sintáctico, cierto gusto por palabras recónditas, poco usuales.
De joven integró el grupo generacional más destacado de nuestro siglo XX literario: el que reunió en torno de la revista Martín Fierro, junto con Borges, Marechal, Girondo, Bernárdez, Mastronardi, González Lanuza, Nalé Roxlo…
En 1927 apareció su primer libro, “El imaginero”, y dos años más tarde, “El pez y la manzana”. Hacia 1933 viajó a España, donde conoció a los brillantes poetas españoles de la generación del 27: García Lorca, Alberti, Altolaguirre y Gerardo Diego, uno de sus descubridores. Ya casado, ingresó como empleado en el Congreso de la Nación, ocupación que desempeñó hasta jubilarse.
Su obra, incesante y sostenida, fue imponiéndose gradualmente, sin apuros ni pausas. Influyó, sin duda, en muchos de los poetas que integraron la generación de 1940, pero no ha sido suficientemente reconocida por promociones posteriores, más atraídas por modelos europeos y norteamericanos. Es que, como decía Eduardo Mallea respecto de ciertos escritores, Molinari nació sin mito, ese mito que hace inexplicables muchos triunfos y que va aliado a extravagancias, psicopatías o accidentadas peripecias biográficas. Por otra parte, despreció el afán publicitario. De ahí que, pese a ser uno de los más altos poetas hispanoamericanos, no haya sido objeto, internacionalmente, de distinciones espectaculares, aunque su nombre ocupe siempre un lugar distintivo, en cualquier buena antología del continente.


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